De Anam a Vietnam, entre leyendas

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   Dos veces he andado «por la orilla del mar, debajo de China», esa entrañable porción del planeta, que José Martí dibujó en el mapa de mi conciencia.

   Dos veces he andado «por la orilla del mar, debajo de China», esa entrañable porción del planeta, que José Martí dibujó en el mapa de mi conciencia. Hasta allá me arrastró la corriente impetuosa de una estremecedora historia narrada por el apóstol siglo y cuarto antes de que yo aterrizara en Hanói, a bordo de un moderno A320.

   El roce de la mirada con el primer renglón del relato me sumergió en sucesivas transmutaciones: de chiquillo curioso a lector conmovido, a náufrago en la oceánica pesadilla de Anam; entonces vi al «moribundo,…al monje que pedía limosnas y al viejo pobre, vestido de harapos»; entonces fui la impotencia y la ira y el dolor frente a las penas sin nombre 

   Minutos antes de recalar en aquella tragedia, había partido desde el aula del quinto grado de una escuelita primaria en lo abrupto de la geografía baracoense; allí comenzó mi aventura por la tierra de los anamitas.

  La oportunidad de reeditarla llegó inesperadamente en el dos mil catorce, por encargo de la Unión de Periodistas de Cuba; esta vez la expedición partió desde La Habana; y cuando Hanói se aproximaba al vigésimo primer sol de octubre, traspasé el umbral de la terminal aérea Noi Bai; quedé pasmado, era otra nación en el mismo espacio geográfico.

Ya no existe en Vietnam «el cargador que se muere joven del cansancio, tirando del coche de dos ruedas», como aquel que agoniza en la desgarradora fotografía de la prosa martiana.

  Ahora los anamitas andan en coches, sí, pero en coches modernos, tan modernos como las motocicletas -aunque los autos abundan menos que ellas-; por algo Vietnam registra la mayor densidad de motos por habitantes en el planeta.

  Solo en Ciudad Ho Chi Minh, la más poblada de la nación, existen seis millones de esos vehículos de dos ruedas, es decir, uno por cada 1,23 habitantes, mientras en Hanói circulan otras 5 millones -1 por cada 1,3 pobladores-.

   Las motos imperan con superioridad absoluta en las calles de cualquier ciudad vietnamita, son las grandes protagonistas de los agitados amaneceres que reeditan las escenas convulsas del final de las tardes: una oleada de vehículos en puja por escapar del embotellamiento.

   Vi la primera estampida de motos en ese país en  la avenida que enlaza a Hanói con su magnífico aeródromo, una arteria que parece un Mekong desbordado: es ancha, majestuosa, infinita; se abre paso a lo largo de 27 kilómetros hasta el centro de la capital, entre árboles y poblados.

  Recorrerla fue un espectáculo; construcciones monumentales, árboles, sembradíos, desfilaron ante las miradas atónicas emplazadas en el interior del vehículo en marcha; a lo lejos los edificios parecen rasgarle  el vientre a las nubes; todo un cuadro naturalista en sucesión cinematográfica, el paisaje nos rescató del cansancio de cerca de veinticinco horas de viaje.

Así empezó la primera de seis inolvidables jornadas de intercambios y recorridos por tierra anamita, no hubo tiempo para el descanso, llegamos y en breve caminábamos por la milenaria Hanói, al otro día por Ninh Binh, luego por Hue, la antigua ciudadela imperial.

  Templos, budas, dioses de bronce, historias de reyes, palacios de madera, «pagodas con calles de estatuas, columnas y lagos en los patios, la música extraña de clarín y de violinete», irrumpían a cada paso, como páginas fugitivas de La Edad de Oro, dispersas sobre la insólita geografía.

Una y otra vez recibí los flashazos de la prosa martiana, con toda su belleza, con toda su precisión; una y otra vez presumí de vivir la más gratificante y feliz de las aventuras. 

  El encanto de aquellos parajes tornó delicioso el castigo al que me sometieron las doce horas de diferencia entre La Habana y Hanoi, por el día los ojos se refugiaban en la abundancia de atractivos exóticos para no ceder a los reclamos del sueño que se ausentaba durante las noches.    

  Después de todo, es mejor no dormir cuando se camina entre leyendas, como en Vietnam, donde no existe montaña sin gloria, valle sin épica, camino sin epopeya. (CONTINUARÁ) 

 

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