El zigzagueo del vehículo recuerda la serpiente de concreto que lleva hasta Baracoa, invoca los alrededores del Yunque, y rememora la jungla que envuelve al Zoológico de Piedras, camino a Yateras.
El zigzagueo del vehículo recuerda la serpiente de concreto que lleva hasta Baracoa, invoca los alrededores del Yunque, y rememora la jungla que envuelve al Zoológico de Piedras, camino a Yateras. Pero esta no es La Farola, ni la Ciudad Primada, ni la obra monumental de Ángel Íñigo; andamos lejos, muy lejos de Cuba.
En mi cabeza las preguntas estallan como las bombas que hollaron estos parajes. Tras el diluvio del agente naranja ¿de dónde salió tanto verde, tanta vida, tanto follaje?; ¿cómo la naturaleza tejió tan formidable traje de monte?
Barrancos, bosques y aldeas, alternan con las sabanas, formando un tapiz vegetal moteado con cañadas y ríos, que se expande sobre las márgenes de la carretera; vamos hacia Ninh Binh, un paraíso natural con categoría de provincia, situado a 95 kilómetros al norte de Hanoi, la capital de Vietnam.
Los ojos de Angélica y Bárbara, mis compañeras de aventura, se convierten en signos de admiración cuando su majestad, el paisaje, despliega sus atributos; tal vez sospechan -como yo-, que los vietnamitas han hecho del suelo una materia invisible.
Porque el visitante no llega a ver la fisonomía del terreno, la supone, la intuye, la imagina allí, bajo el manto verde, donde la Pachamama empolla sus frutos para después entregarlos, variados, copiosos, exportables, apetecibles.
Como exportador, Vietnam marcha primero a escala mundial en pimienta y castaña, segundo en café y tercero en arroz -de allá recibimos una parte de ese habitual de la mesa cubana.
La travesía nos devuelve algunas escenasvistas anteriormente en Hanói: vendedores que pregonan y pedalean, que llevan canastas repletas de flores, frutas y especias; es la recompensa al trabajo, la generosidad del suelo anamita con sus valles plagados de plantaciones, con sus solares convertidos en semilleros.
En la cresta de una colina cambia la referencia visual, abajo, donde se explayan los sembradíos, hormiguean unos seres que en la distancia parecen enanitos de Blancanieves; son hombres y mujeres en plena faena, cada uno lleva el sombrero típico que describe José Martí: «como un cucurucho, con el pico arriba, y la boca muy ancha».
Cultura, sombra, patrimonio ancestral, escudo antisolar del labriego, eso y más es el sombrero anamita, es la compañía del labrador frente al surco, frente a «la tierra que da todas las hermosuras», y en la que trabaja el setenta por ciento de la fuerza laboral de la nación indochina.
Ya no tienen motivos para andar «callados y tristes (…) con las manos en los bolsillos», como los vio el apóstol. El PIB de Vietnam creció a ritmo del siete por ciento en los últimos veinte años, en ese período la familia triplicó sus ingresos y la pobrezaretrocedió; algún nexo debe existir entre esos números y tantos rostros felices.
Un giro del carro me saca de la meditación, las estadísticas escapan súbitamente de mi cabeza, del salto económico vietnamita caigo en la quebrada topografía de Ninh Binh, donde las montañas parecen metáforas de la madre natura; Baracoa, el Yunque, La Farola y la fauna pétrea de Íñigo, vuelven a endulzarme el recuerdo.
El auto desafía los despeñaderos sobre una serpiente de asfalto que me hace recordar al mapa de la nación indochina: una «S» descomunal -más de mil seiscientos kilómetros de norte a sur, frente al mar de China meridional.
El afecto cercano del pueblo de Ho Chi Minh, durante seis jornadas inolvidables, me sugiere que tal vez no se trate de una simple apariencia geográfica, las vivencias acentúan mi sospecha: Vietnam es un trazo, un símbolo, una señal de la naturaleza -tan sabia-, que quiso tatuar al planeta con la inicial de la solidaridad y la simpatía.












