A Mariana la admiré desde niña, los cimientos de la cubanía y el valor de mujer se me estremecieron cuando leí aquella página hermosa de la historia nacional.
A Mariana la admiré desde niña, los cimientos de la cubanía y el valor de mujer se me estremecieron cuando leí aquella página hermosa de la historia nacional; cuando la vi levantarse sobre sus cinco décadas, reunir a la familia y decirles:
“De rodillas todos, padres e hijos, delante de Cristo, que fue el primer hombre liberal que vino al mundo, juremos libertar la patria o morir por ella”.
La guerra libertaria, humana, adelantada e intempestiva había llegado hasta el hogar numeroso y digno de Doña Mariana Grajales y Marcos Maceo; y a la manigua se fue aquella prole heroica, aquella tribu de guerreros, mujeres y hombres que desafiaron los estándares de su época para tallar la identidad, la idiosincrasia, el espíritu de la nación y de lo cubano.
Y en la manigua irredenta vivió, en los campos de la contienda de los Diez Años perdió a siete de sus hijos y al esposo, allí curó las heridas sanadoras de los dolores de la Patria, enseñó a sus hijos los caminos de la independencia, desafío los barreras del racismo, las lágrimas, los contratiempos, los temores.
Después de este tránsito glorioso, Jamaica la acogió - y como todos los cubanos mambises en su bregar fecundo- sufrió los rigores de la pobreza y la vigilancia de las autoridades españolas; allí su fuego inextinguible continúo insuflando nuevos caminos para la Patria y su voz de anciana contando las historias de la guerra como lo hizo con aquel agitador de pasiones que un día llegó hasta esas tierras extrañas para contarle de los nuevos derroteros de la lucha.
"¿Qué había en esta mujer, qué epopeya y misterio había en esa humilde mujer, qué santidad y unción hubo en su seno de madre, qué decoro y grandeza hubo en su sencilla vida, que cuando se escribe de ella como de la raíz del alma con serenidad de hijo, y como de entrañable efecto? Así queda en la historia, sonriendo al acabar su vida, rodeada de los varones que pelearon por su país, criando a sus nietos para que peleen."
En Jamaica falleció el 27 de noviembre de 1893, y en su tumba Martí y Patria - el periódico cuya rúbrica era la de la misma Cuba- dejó solo una palabra: MADRE.
Ahora descansa aquí en la tierra que anheló libre y a la cual pidió regresar cuando el mandato de los cubanos fuese el único rector de los destinos de esta tierra a la cual consagró su vida y la de sus hijos.
A punto de cumplir sus doscientos años, Mariana de Cuba, mujer vital, raíz de este caimán, simboliza la estatura de nuestras mambisas cotidianas, la resolución, el valor, la fortaleza, el amor y a la vez la mano firme y tierna. Mariana multiplicada, resucitada siglos después en tantas cubanas que enfrentaron y enfrentan las vicisitudes con igual valor. Marianas que no temen a las decisiones, a la muerte, al dolor, al rigor de la vida y las condiciones difíciles; mujeres que levantan y se levantan.












