El venidero 16 de septiembre es el Día Internacional para la Protección de la Capa de Ozono.
Más de 25 años después de que el Protocolo de Montreal limitase las emisiones humanas de las sustancias que disminuyen la presencia de ozono en la estratosfera, las inspecciones de la zona del agujero de la capa de ozono efectuadas por satélites han mostrado que se ha estabilizado, dejando de adoptar tamaños cada vez mayores.
Pero los científicos aún señalan que de no actuar con mayor voluntad y energía para reducirlo hasta su total desaparición, desapareceremos nosotros: el agujero de la capa de ozono terminará convertido en tumba celestial con apariencia de infierno, para castigo de justos y pecadores.
La capa de ozono absorve la mayor parte de los rayos ultravioletas procedentes del sol, impidiendo que penetren a la superficie terrestre, y cobren su cuota de enfermedades y muertes. Pero ese manto se debilitó en proporción alarmante, y todo por la ambición e irracionalidad que signan a este mundo tan desigual.
Con menos de un cuarto de la población mundial, las naciones capitalistas industrializadas, encabezadas por los Estados Unidos, envían más del 80 por ciento de las sustancias destructoras de la capa de ozono, emitidas hacia la atmósfera. Se sabe que las combinaciones de bromo, cloro, flúor, carbono, resultan letales para nuestro “filtro solar”, cada gramo de alguno de estos elementos, enviado al éter es como un dardo venenoso, mortífero, y los países desarrollados lanzan millones de toneladas todos los años.
Los daños están hechos y algunos parecen irreversibles; como consecuencia de la penetración desmedida de los rayos ultravioletas a la tierra se reportan aumento de cáncer y otros trastornos cutáneos y oculares, debilitamiento del sistema inmunológico en organismos humanos y alteraciones del ecosistema. Al fenómeno están asociados también el alza de la temperatura global, el derretimiento de los cascos polares, la subida del nivel del mar, y no pocas catástrofes naturales.
Durante las dos últimas décadas creció la percepción acerca de este peligro, la firma del Protocolo de Montreal, en 1987, y la declaración, siete años después, del 16 de septiembre como Día Mundial de la Capa de Ozono, fueron señales alentadoras, pero no conviene derrochar optimismo en este sentido; el mundo no está cruzado de brazos, es cierto, más unos cuántos hacen mucho menos de lo que pueden y deben hacer, el afán consumista y derrochador les impide entender que la urgencia es inaplazable.
Otros, como Cuba, sin una poderosa infraestructura industrial, muestran mayor voluntad para solucionar el problema. Afirma el periódco Granma que Cuba logró destruir este año 258,4 kilogramos de sustancias agotadoras de la capa de ozono (SAO), resultado que la ubica dentro del reducido grupo de naciones en disponer de capacidad propia para acometer tan compleja labor en la región.
La estrategia gubernamental propicia el más absoluto control sobre el uso de sustancias que debilitan la capa de ozono, por parte de entidades y empresas, también contempla acciones dirigidas a crear una cultura comunitaria, de modo que cada ciudadano asuma la protección de la capa de ozono con responsabilidad propia, como algo que atañe igualmente a individuos y vecindades, y que sepa que desde la cotidianeidad podemos aportar soluciones, a veces con actos tan simples como el de reducir el uso de desodorantes y perfumes sprais, no porque cause daño directo a la salud sino por que envían a la atmósfera sustancias nocivas.
Buena falta nos hace que esa mezcla de voluntad, cultura, conciencia y sentido de pertenencia presentes hoy en Guantánamo, en todo Cuba, se expandan por el resto del mundo, para exorcizar nuestras herejías, para no cavar nuestra sepultura, para impedir que la racionalidad derrote al sentido común. Será mejor salvar la capa de ozono y presentarla ante el presunto visitante de otro planeta, como un celestial monumento a la vida, a la inteligencia, al futuro. Lo sensato es sobrevivir.












