Yo formé parte del extenso cordón de cubanos que el 11 de septiembre de 2009 hizo guardia de honor al comandante Juan Almeida.
Yo formé parte del extenso cordón de cubanos que el 11 de septiembre de 2009 hizo guardia de honor al comandante Juan Almeida.
Desde la madrugada de ese día una larga fila de universitarios, profesionales, amas de casa, en fin, el pueblo de su Santiago y otras partes de Cuba se reunió en toda la orilla de la carretera desde los altos de Quintero hasta la plaza de Marte en esta urbe oriental.
Las vistas aéreas del recorrido del féretro de Juan Almeida Bosque hacia el monumento de tercer frente ofrecían un espectáculo conmovedor: las imágenes de un pueblo despidiéndo a uno de sus más queridos hijos.
Hasta ese momento, algo conocía de este mulato de amplia sonrisa, nacido en La Habana durante la tiranía machadista.
En la escuela, mucho nos hablaban de su origen humilde, el importante papel en la lucha revolucionaria, de su inolvidable canción “La Lupe” y todo el trabajo abnegado que desarrolló en nuestro país tras el triunfo revolucionario de 1959.
Ante nosotros era un héroe, casi inalcanzable; pero desde su muerte hasta hoy conozco más a juan almeida bosque, un hombre que junto a sus excelentes cualidades revolucionarias tuvo una prolífica vida.
Más de 300 canciones compuestas, una docena de libros, el bien ganado título de comandante de la revolución y un glosario de anécdotas nos confirman el ser humano excepcional que fue.
Más que sentir su desaparición física, cada 11 de septiembre celebramos la vida de un cubano que amó y defendió esta isla hasta el último de sus días.












