Si miras bien casi parece un árbol, su cuerpo está pleno de raíces grabadas en la piel; en cambio, su experiencia contradice las leyes de la física y asciende como ramas en búsqueda de la luz.
Si miras bien casi parece un árbol, su cuerpo está pleno de raíces grabadas en la piel; en cambio, su experiencia contradice las leyes de la física y asciende como ramas en búsqueda de la luz.
Así lucen nuestros abuelos, las personas que en la tercera edad resaltan en la familia por sus arrugas pero también por sus conocimientos. Una sabiduría que en Guantánamo acompaña los pasos de más doscientos centenarios, cifra que denota la alta esperanza de vida en la provincia y los retos que plantea el envejecimiento poblacional.
Más allá de las estadísticas, esta realidad irrumpe en la vida hogareña y nacional como un verdadero desafío.
La acrecentada vejez de los cubanos constituye en estos momentos la característica más notoria en la demografía nacional.
De Guantánamo, la provincia menos envejecida del país, la última investigación del 2014 reveló el crecimiento de un 5,2 por ciento en la cifra de personas con 60 años o más en relación con datos de inicios del milenio. El estudio develó la existencia de 84 mil 390 adultos mayores, el 16,3 por ciento de la población total de la provincia.
Sin dudas tal panorama demuestra avances, por ejemplo en materia de salud debido a una esperanza de vida que en la Isla supera los 78 años, indicador óptimo para una nación del tercer mundo pero que puede convertirse en un boomerang, sobre todo si no logramos el reemplazo poblacional y los nacimientos imprescindibles para desarrollar en el futuro la economía y los servicios.
¿Estamos preparados para una provincia y un país avejentado? ¿Comprendemos las implicaciones de este fenómeno? ¿Qué hacemos hoy para enfrentar el hecho de que en el 2025 seremos la nación más envejecida de América Latina?
Tal vez para quienes tienen en casa un adulto mayor es más fácil percibir el reto multifactorial porque implica al Estado como institución, al sistema sanitario, la asistencia y seguridad social, a toda la sociedad en su conjunto y en particular a la familia.
Los cuidados a un longevo demandan del esfuerzo colectivo, a menudo concentrados en un miembro del hogar que interrumpe por esta causa su vida profesional. No obstante, el asunto tiene más de una arista y también encasillamos la ancianidad al considerarla como un período de deterioro y desventaja social, concepción que muchos abuelos rebaten al incorporarse a la Universidad del Adulto Mayor, Hogares de Ancianos, club de los 120 años y otras iniciativas como proyectos culturales.
Amén de estos logros todavía debemos potenciar la infraestructura necesaria para la atención a este grupo etario; por ejemplo, en la provincia funcionan once Casas de Abuelos en nueve de los diez municipios, cifra aún insuficiente al igual que las capacidades hospitalarias para la atención geriátrica.
Tal contexto es prioridad para el gobierno cubano, consciente de las limitadas capacidades materiales y humanas para la asistencia a este segmento poblacional; aún debemos incrementar en números y calidad los cuidados en el sistema de salud, además de formar especialistas en geriatría y gerontología sin desestimar al médico y la enfermera de la familia como soporte de la estructura.
Podríamos también explotar mejor las potencialidades de los trabajadores sociales diseminados por todo el territorio, incluso es posible auspiciar desde organizaciones como la Federación de Mujeres cursos para cuidadoras y promover en el sector no estatal esta forma de empleo.
A menudo, el desconocimiento, la lejanía de este tipo de situaciones y otras causas ocasionan que los ciudadanos desestimemos una realidad inminente: el envejecimiento poblacional nos afecta a todos.
Tenemos la responsabilidad de prepararnos para una ancianidad feliz, adquirir cultura gerontológica, aprender a compartir y respetar a los adultos mayores.
Corresponde a todos garantizarles un ambiente de amor, seguridad y paz, a quienes como los jóvenes de hoy, algún día fueron sostén de la familia y del país, aunque ahora las arrugas le dibujen el rostro y las canas el pensamiento.












