Qué dolor, Guantánamo mío, Cuba mía. Aunque por naturaleza un periodista es precavido, nunca me preparé para escribir crónica alguna asociada a Fidel y a la muerte, tratándose de un hombre que infundió tanta vida. A pesar de sus 90 que toda Cuba celebraba en este 2016. Para mí y para ti Fidel era simplemente inmortal. Cuesta encontrar ahora la palabra precisa, pero quiero hablar de él en presente.
Qué dolor, Guantánamo mío, Cuba mía. Aunque por naturaleza un periodista es precavido, nunca me preparé para escribir crónica alguna asociada a Fidel y a la muerte, tratándose de un hombre que infundió tanta vida. A pesar de sus 90 que toda Cuba celebraba en este 2016. Para mí y para ti Fidel era simplemente inmortal. Cuesta encontrar ahora la palabra precisa, pero quiero hablar de él en presente.
Su grandeza, a prueba del tiempo, es visible, incuestionable y sobrepasa toda falsedad. El fue y será el brillo perturbador frente al adversario, la luz de los desposeídos y de esos hombres que, como dijo el poeta, surgen cada cien años.
La obra de Fidel somos nosotros, cinco o seis generaciones de cubanos, su amor al prójimo, forjado desde el ejemplo personal, en el Moncada, durante la travesía del Granma, en la Sierra, sin dejar a nadie abandonado a su suerte.
Fidel, líder ajeno a idolatrías, es en cambio una lección de vida para amigos y enemigos. Quien trabaja hasta el último aliento, como soldado de la vida y del deber, comprometido con su pueblo, quien supo conducir como pocos gobernantes en el mundo, goza sin límites de la confianza popular y ese es su caso.
Cuando un pueblo enérgico y viril llora, palpita la vida, para concluir la obra iniciada, Comandante. La orden está dada. Venceremos contigo.












