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    13 Enero 2017
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    Panchito, el último cacique

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    La ranchería, en pleno corazón del macizo montañoso de Guantánamo, conserva el encanto primigenio de las poblaciones aborígenes de Cuba. En un sitio tan recóndito conviven en total armonía la medicina «científica» y los remedios heredados de los ancestros. «Puede que un día se acaben los indios –dice con resolución Panchito, el último cacique–, pero eso ya será cuando yo me muera».

    Para Francisco Ramírez Rojas, Panchito, no es nada del otro mundo eso de mantenerse aferrado a sus cultos ancestrales, a su comunidad de 11 casitas y 23 personas y a ese paraje perdido en la montaña donde sus antepasados consiguieron sobrevivir.

    Para él es lo más natural del mundo, pero para el resto del país que lo mira con extrañeza, La ranchería es una rara avis: el último bastión aborigen de Cuba. Panchito, el último cacique.

    Si no fuera porque hace siglos se internaron a más no poder en las lomas del macizo Nipe-Sagua-Baracoa, de los indígenas habría quedado solo el recuerdo, unas cuantas ilustraciones desperdigadas en los libros de historia y los nombres sonoros con que bautizaron lomas, ríos, penínsulas, cayos… cada accidente geográfico bajo sus dominios que, antes de 1492, eran toda la isla.

    En la Cuba de estos tiempos, para admirar la herencia indígena más pura hay que llegar hasta La ranchería, un recodo tan intrincado en la sierra guantanamera que hacen falta dos horas a lomo de un camión de triple tracción –un «triple», a secas, para los lugareños–, por picos y mesetas y valles y hasta la muy temida Loma de la muerte.
    Panchito, sin embargo, no consigue imaginar otro sitio fuera de esas montañas para echar raíces con su cacicazgo a cuestas.

    «Aquí vino Ramiro Valdés hace unos años –relata– cuando vivíamos en bohíos de guano y me dijo: “Yo no creo que tú que eres combatiente tengas esta casa así” Y yo le respondí: “Ramiro, si no hay para todos los que vivimos aquí, yo no quiero nada”. Por eso estas casas que usted ve son patrimonio del Estado, porque fue el Estado quien las construyó».

    –¿Se irían ustedes para el pueblo?, le pregunto.

    –Ni loco, muchacha –se lleva las manos a la cabeza–. Fíjate, ustedes vinieron ahora y está el sol afuera, pero de noche hay que taparse con dos y tres colchas. Aquí llueve perennemente, el frío, el agua, tenemos un televisor para verlo, ¿qué más quiero? De La ranchería, solo para el cementerio, dice Pachito. Y se lo creo.
     

    COMO UNO SOLO

    Cuando necesita algo de La ranchería, Nilda Ruiz, presidenta del consejo popular La caridad de los indios, en el municipio de Manuel Tames, solo tiene que esperar que alguien vaya a pie o a caballo para aquella vuelta y enviarle un mensaje a Panchito: «Él es el líder, pero todos son muy disciplinados y cumplen con las orientaciones al momento», alega.

    La comunidad autóctona, como también se le conoce por su peculiar composición étnica y su herencia cultural, es uno de los caseríos que visita con frecuencia en sus gestiones de gobierno.

    «Son personas muy sanas, cariñosas, nunca los he visto bravos –describe–; trabajan la tierra juntos y se reparten en armonía lo que cosechan. Aquí se cumple el concepto de comunidad tal como está en los libros. No hace falta cerrar las puertas porque no hay robo. Una vez a uno se le ocurrió robar y Panchito lo expulsó. Y si es cuando alguno se enferma, baja el pueblito entero para el consultorio. Son uno solo».

    No obstante, de La ranchería, como de La caridad de los indios, de La escondida y de casi todos los asentamientos de por esos contornos, la gente se está yendo.

    «Hace un tiempo eran 35 personas; ya van por 23 –ilustra–. Es que los jóvenes emigran buscando formas de vida más modernas, no hay niños pequeños en la comunidad y los ancianos se van muriendo».

    MANTO

    «Sí, mija, si tú quieres retratar, retrata».

    La autorización viene de Reina Ramírez Ramírez, prima lejana y esposa del cacique, quien se para frente al altar que rige los destinos de La ranchería para saciar la curiosidad de este equipo de prensa.

    Uno por uno, desgrana los misterios de una cultura traspapelada en el imaginario nacional.

    –No tienen agua los vasos espirituales, por el mosquito, pero sí le ponemos café amargo a los santos.

    –¿Y la begonia? Tiene mucha begonia en el altar.

    –¿Cuál tú dices?

    –Esta planta, la begonia.

    –Ah, ¿begonia? Nosotros a esa mata aquí le decimos manto.

    MONÓLOGO

    A sus 81 años, Panchito sorprende no tanto por sus facciones indígenas como por su sapiencia innata.

    «La gente me pregunta: ¿Por qué tú sabes tanto?, ¿quién te enseñó? Yo no sé nada, yo soy analfabeto; la Revolución me puso un maestro en mi propia casa para que aprendiera a leer pero yo no aprendí. A mí me han estudiado los científicos de La Habana y me dicen: Chico, si tú eres más científico que nosotros. Y yo les digo: Oigan, ustedes están apretando. Y ellos me dicen que sí, que yo soy científico también porque sé todas las clases de medicinas que hay en los montes.

    «Hace años yo tenía un hermano grave, entonces vinieron a atenderlo como tres doctores que se quedaron en mi casa; ellos, poniéndole sueros, me decían: “Panchito, ya tu hermano no tiene vida. Nosotros vamos a estar allí contigo, con tu hermano”. Y yo le dije: “Doctor, ¿ustedes me permiten? Yo le voy a dar un remedio casero que yo sé”. Y ellos me dijeron:

    “Dale, dale lo que tú quieras”. Entonces cogí un poco de menta, saqué medio vaso de cocimiento y se lo di a los doctores y les dije: “Ustedes mismos se lo dan, con media cucharada de azúcar y basta”. Y se lo dieron. Como a los 15 minutos abrió los ojos y lo primero que preguntó fue: “Panchito, ¿qué tú me diste?” Yo le dije que nada, que él tenía tres médicos ahí en la cabecera. ¿Y tú sabes cuántos años duró después de eso, que comimos malanga y ñame por sus manos? Como siete años completos.

    «Yo le agradezco mucho a la Revolución por los médicos. Después del triunfo de la Revolución los médicos me buscan. Todos los doctores que llegan a La caridad de los indios, dicen: “Vamos pa’ La ranchería”.

    «Para mí, una doctora, un médico, un enfermero, pueden ser mi papá, mi mamá, porque esos son los que han salvado a Cuba, han estudiado para salvar a la gente. A mí me llevaron al médico de La caridad hace poco porque ni comía y me dijeron: “Quédate esta noche”. Y cuando me quitó el último suero ya estaba curado, porque yo les hago caso.

    «Mira, todo el mundo volviéndose loco con los mosquitos y en este lugar no existe el mosquito. ¿Por qué? Ah, yo soy el culpable porque tengo sembrado albahaca, romero y otras matas que espantan a los bichos.

    «Me pregunta un doctor hace como tres años: “Cacique, ¿qué usted toma para la presión, compay, que nunca la presión tuya está ni baja, ni alta?” Y yo le respondí: “Médico, yo soy un chivo comiendo hierba”. Y se rieron. Porque yo me comunico con la naturaleza. Fidel, que parece que todavía está vivo, siempre decía que eso somos todos: naturaleza».
     

    RESISTENCIA

    Dice Panchito que su abuelo, un indio más indio que él, luchó en las tropas de Antonio Maceo cuando el mulato de Oriente tuvo su campamento entre La caridad y Vega Grande; que en aquel entonces todos esos montes estaban cundidos de los hijos y los nietos y los bisnietos de los aborígenes.

    «Puros indios es lo que había aquí», recuerda, no con su propia memoria, porque cuando aquello él no pensaba ni nacer; sino con la que les toma prestada a sus mayores, albaceas de una estirpe condenada a desaparecer, inevitablemente, por más que Panchito y su esposa Reina y las familias emparentadas entre sí que aún viven en La ranchería opongan resistencia.

    «Puede que un día se acaben los indios –dice con resolución Panchito, el último cacique–, pero eso ya será cuando yo me muera».

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