Antes eran los botellones heredados de otros tiempos, con sus vientres de vidrio como receptáculos del milagro. Hoy son barriles plásticos, vasijas que permiten fabricar, añejar y volver a comenzar todo de nuevo: garante de una producción estable.
Sigue la fruta, empero, tomándose en la mano, perdiendo la cáscara ante la insistencia cortante de la hoja, y la masa, ya suprema, dejándose rebanar, fraccionar en pequeños trozos que luego serán alcohol y aromas, mediante un proceso de fermentación natural.
Es, dice Tomás García Calas, la práctica y el credo de los miembros del Club de Vinicultores Villa Guaso al cual pertenece –existente desde el 2015 asociado a la Casa de Cultura para agrupar a los fabricantes de vino artesanal-, más allá de las limitaciones de cualquier productor privado para acceder a químicos industriales.
El otro principio son los frutos tropicales y especias como ingredientes estrellas. En el pequeño estante donde se presentan los brebajes locales, durante la semana de la Cultura Guantanamera, se ofertan a precios asequibles elíxires de uva, maíz, guayaba, marañón, y jengibre –este muy apreciado por sus propiedades curativas y afrodisiacas.
“Hacemos vinos artesanales, sin aditivos químicos, y obtenemos a partir de las frutas que podemos conseguir siete de las ocho variedades o categorías que se fabrican en Cuba -donde hay alrededor de 400 miembros de estos clubes, sobre todo en el occidente del país-, los tradicionales secos y semisecos, dulces y semidulces, y
los especiales blancos, rosados y tintos”.
La tradición es otro sino. Fabricar vino, dice este hombre con más de 30 años de experiencia en el oficio, no es cosa que se aprenda en un día, ni viene con claves exactas en los libros, aunque los libros ayuden a perfeccionar ese arte, casi tan antiguo como la humanidad.
“Soy vinicultor desde 1983, es una pasión, algo que disfruto y que con los años perfecciono. Me tomo muy en serio todos los procesos y la calidad del producto final. Ese es un sentimiento compartido entre quienes fundamos el Club Villa Guaso en el 2015”, explica Tomás.
En su casa –las fábricas dentro del propio hogar son otra característica del vino artesanal, según categorías reconocidas internacionalmente-, cultiva “de forma natural”, según dice con orgullo, parte de la uva que le sirve para la mezcla.
Casa adentro, también están las improvisadas bodegas donde el brebaje ya listo y separado del mosto, se añeja durante al menos seis meses para que esté listo para la venta.
La imagen también es cosa seria para la docena de miembros que actualmente integran Villa Guaso. “Nos agenciamos los diseños, las tapas, y las etiquetas las imprimimos con los trabajadores por cuenta propia…, y dos de nuestros miembros registraron sus marcas, Larral y El Tavo”, precisa.
“Nos preocupamos por la calidad y aunque estamos comenzando ahora, competimos entre nosotros en un Festival provincial de vino artesanal, y participamos con los mejores exponentes en el Nacional, donde además se dan conferencias sobre buenas prácticas en el arte”.
Los resultados relevantes, asegura, están por llegar. “Esa es la aspiración, junto a sumar nuevos miembros. Creo que podemos hacerlo. Hay muchas personas haciendo vino en Guantánamo, poniéndole ganas”.
Dolores, también tienen..., necesidad de tanques de plástico suficientes y de mecanismos para adquirir los envases para el proceso final, dificultades para adquirir la materia prima…, pero nada que empañe el placer exquisito de fabricar y consumir un buen vino.












