El llanto, el vacío, la ausencia, lastiman a muchas familias guantanameras que aprendieron con los años a vivir con el recuerdo de sus seres queridos, víctimas de la maldad y el odio.
Esta parte de la isla también sufrió los azotes del terrorismo y octubre vuelve para recordar a los esgrimistas Ramón Infante García y Juan Duany González y al sobrecargo de vuelo Martín Sánchez Suárez, cuyas vidas fueron segadas con el monstruoso crimen de Barbados.
Pero las huellas del terrorismo se remontan a otros meses, a otras etapas, pues la barbarie desatada contra la nación inició apenas un mes después del triunfo de la Revolución cubana en 1959.
Ese propio año resultó gravemente herido Luis Lestapí, el jefe de las Patrullas Campesinas en Imías y en esa localidad es ultimado Juan Guzmán, administrador de la tienda Los Cacaos.
En la década del 60 se producen otras acciones terroristas como los incendios en la tienda mixta de Alto del Mango y la destrucción de la sede del sindicato azucarero en Manuel Tames, el desembarco mercenario por la Bahía de Navas en Baracoa y otros crímenes como el del miliciano Inocencio Villalba a cargo de terroristas alzados así como la tortura y asesinato del pescador Rodolfo Rosell en áreas cercanas a la ilegal base de Guantánamo.
Desde ese propio enclave salieron los disparos que en 1964 dejaron sin vida a Ramón López Peña y dos años más tarde a Luis Ramírez López. Otros nombres menos conocidos también fueron víctimas de la violencia como Luis Campos, José Pérez Cutiño y Maximiliano Domínguez, quienes enfrentaron al grupo terrorista encabezado por Amancio Mosqueda, conocido como Yarey, infiltrados por playa Macambo en San Antonio del Sur.
Pero los hechos terroristas no se detuvieron ahí, el 17 de abril de 1970 por Punta del Silencio, próximo al río Yumurí, mueren enfrentando a mercenarios de la organización Alpha 66 el teniente Ramón Guerra Montano y los milicianos José Antinio Sánchez Morzo, Ovidio Hernández Matos y Evedino Marzo Marzo, en cuya ceremonia luctuosa el Comandante en Jefe Fidel Castro pronunció las palabras de duelo.
Son crímenes del bandidismo que en ese afán de dispersar el pánico secuestraron aviones, incendiaron escuelas, bodegas, albergues cafetaleros en la zona de Cupey y La Asunción en Maisí y otros sabotajes que no lograron el objetivo de restar apoyo a la Revolución.
Ya en un período más cercano, en agosto de 1994, cómo dejar de mencionar el asesinato de Gabriel Lamouth Caballero, combatiente de la Polícia Nacional Revolucionaria, a manos de elementos contrarrevolucionarios que intentaban salir del país.
En memoria de él y de todos los amados ausentes, Guantánamo NO olvida estas huellas dejadas por el terrorismo, son lecciones para tiempos presente y futuro, sin sed de venganza, porque la paz es el único camino.












