En el corazón de La Farola, en el tramo de Baracoa, está Sabanilla. Una cola de serpiente que cimbrea a ras de la roca viva de la montaña. Casitas de gente simple. Un consultorio. Una farmacia. Una iglesia. Una construcción que siempre me sonó a rareza, creciendo hacia arriba, como si trepara lomas.
Zona de silencio casi absoluto. Solo en un alto, el celular respondía un poco, así que la gente, en días festivos como estos, se disputaba el espacio, sagrado, de los amores que están lejos. Pero no este fin de año.
Dice Cuqui, la madre de mi amiga, que hace unos días le llegaron diretes de que obreros de azul etecsiano montaban un equipo para darle cobertura al caserío y más allá, a la población de Paso de Cuba, donde desde hace más de un año se construye un barrio de edificios para la gente que vivía frente al mar implacable de la bajísima costa baracoana.
Y dice que, para evitarse nuevos deseos en estas fechas de tantos por cumplir, esperó ver las rayitas del celular, para creer.
Pero que igual, por si acaso, miraba con más frecuencia aquel equipo que, en Sabanilla, no conocía otra función que la de despertador, calculadora y agenda de recordatorios....
Hasta esta mañana. Cuatro rayas. Dijo primero. Cuatro rayas. Salió gritando después. Cuatro rayas. Todavía, varias horas después, le informa a los amigos y familiares que guarda en su lista de contactos, una que, ahora que llegó la cobertura celular a Sabanilla, ahora es que empieza a crecer.












