Sí o no. Esa será la cuestión el próximo 24 de febrero, cuando se espera que unos ocho millones de cubanos ejerzan su derecho al voto para ratificar la Constitución de la República que ayudamos a construir en tres meses de consulta popular y finalmente aprobó el Parlamento en diciembre pasado.
Solo que la cuestión es, desde el ángulo que se mire, mucho menos complicada que el profundo dilema del Príncipe de Dinamarca.
Si el pueblo dice sí, ratificará la nueva Carta Magna, un texto que puede no representar los intereses todos de todos los cubanos, pero sí los de la mayoría de las personas que, con sus prejuicios, historias y preferencias, componen esa masa heterogénea que llamamos pueblo.
La clave, es justamente esa, que el todo sea esencialmente humanista, progresista e inclusivo, y sepamos reconocerlo, incluso si como individuos no estamos de acuerdo con alguna de sus partes.
El sí es, además, la opción de dar el primer paso hacia un ordenamiento jurídico anclado en el presente y con miras al futuro, con el reconocimiento de una sociedad diferente a la que conocieron nuestros abuelos; que admite, porque existen, nuevas formas de propiedad, maneras otras de entender la familia, el trabajo, el cuidado de nuestros ancianos.
Un texto que además pone en letra firme nuevos derechos y más garantías para el ciudadano cuando estos se vulneren, la responsabilidad de luchar contra la violencia y de promover la igualdad entre las personas, independientemente de cualquier diferencia.
Y que, por añadidura, al decir de relevantes intelectuales de la rama del derecho, ha venido con sus procesos, debates y prácticas, a redimensionar el sentido del ciudadano entre los cubanos, ese hombre y mujer que anda con la Constitución bajo el brazo, cuestionando, en espera.
No vivimos el dilema de Hamlet. En menos de dos semanas, la disyuntiva será un poco más simple: avanzar hacia una sociedad perfectible o quedarnos en el pasado, sujetos a un texto constitucional que se aprobó cuando buena parte de la población cubana actual no había nacido.
La Constitución no es solo la Constitución sino lo que viene después. Las leyes que la desarrollan y que ahora mismo se preparan, adecuadas a intereses nacionales pero también a prácticas internacionales para bien de todos, de los que tendremos la decisión en las manos, pero también de nuestros hijos presentes y futuros.
Sencillamente una boleta, dos casillas y una decisión personal tomada a solas con nuestras conciencias, pero con la capacidad de repercutir en el presente y futuro de todos los cubanos que vivimos, construimos y soñamos en Cuba.












