El futuro preocupa a todos y es natural. No por gusto, las campañas de bien público relacionadas con el medio ambiente, por ejemplo, insisten en la idea de dejarle un mundo mejor a las generaciones venideras. Y eso, es bueno.
El problema es entender que ese porvenir solo es construible desde el presente. Y que no es exclusivamente ese que sobrevendrá en 20 años, o un siglo, sino el mañana más literal, el día que llega después del otro.
E interiorizar, también, que el prójimo no son necesariamente nuestros hijos o los hijos de nuestros hijos, sino el bodeguero, la señora que cada día saludamos en las mañanas, las personas más cercanas, esas con las que compartimos tiempos y espacios, privados o públicos.
Significa pensar, en cada paso, simplemente, en el que viene después. Y actuar en consecuencia.
Si lo aplicáramos, no tendríamos historias como la de Estelvina, la madre de un amigo que desde hace cuatro años perdió la fuerza de la mano derecha, debido a una caída provocada por la cáscara de un guineo que alguien desechó en el medio de la calle.
O como la de Iraida, la madre de una colega, convaleciente ahora mismo por otra cáscara dejada para la desgracia ajena en un contén, por otro indolente. O como la de decenas de personas que han visto cómo la vida se les pone patas arriba por causas similares.
Si fuéramos coherentes, se reducirían milagrosamente las molestias por música alta, por ruidos en horarios nocturnos, por la falta de respeto hacia la comunidad, hacia los vecinos más cercanos.
Serían menos también las bicicletas, los autos, las motos ponchadas por los vidrios resultantes de la noche anterior, un remanente de la felicidad que necesita de estridencia, una felicidad malsana que no piensa en el otro, en ese prójimo más cercano, y por el que debiera ser más sencilla la empatía.
Si pensáramos en el que viene después, podríamos evitarnos los baños extremadamente sucios, las micciones en sitios públicos, los asientos sucios de los parques, las luminarias rotas por vandalismo.
Además porque ese que viene después puede ser cualquiera. Puede ser ese que no conocemos, pero también puede ser conocido, amigo, nosotros mismos incluso. Historias hay, de sobra.
Y sí, ciertamente hay mucho más en esa idea de dejar un futuro mejor a nuestros hijos. Pero empezar con el ahora, con mejorar la cotidianidad para las personas con las que compartimos la vida, es un buen paso.












