Cuando vas a Baracoa por primera vez, como sucede casi siempre con las primeras veces, te sobrecarga la expectativa, eres presa de la euforia y no duermes en el viaje; desafías el vértigo que pudiera provocar el “sarandeo” de la guagua, que entre tanta montaña, manantial y neblina suena a elemento anacrónico.
No quieres perderte un detalle para que después “nadie te lo cuente”, o luego contar a otros que es cierto, existe esa carretera rompe corazones que une al resto de Cuba con algo que si no es el paraíso natural soñado, bien se acerca.
Pero la primada de Cuba es más que eso, tiene también a su gente amable y servicial, que te abre la puerta de su casa para regalarte un vaso de agua y te recuenta en un minuto su árbol genealógico completo, o esos que guitarra en mano, en cualquier lugar tocan un nengón o kiribá, para recordar a locales y visitantes estos contagiosos ritmos, célula rítmica primaria del son cubano.