Y llegó el pandemonio. Solo tuvo sentido la supervivencia. Todos queriendo ser Penélope y tener su Alzheimer para olvidar la tristeza colectiva, y recordar sólo cuando las calles eran un sitio para los encuentros. Los besos se volvieron arma letal y las palabras solo eran seguras en el papel. ¿¡Cuándo acabará!?
Venecia no entendía por qué sus góndolas no eran símbolo de amor donde Romeo y Julieta iban repetidos en cada paseo por el canal. A otros les parecía irónico que el virus escogiera el país del Papa para el genocidio.
Porque abrazar y darse la mano eran prohibidos los hombres se volvieron hoscos, huraños y hasta hacer el amor era meditado.
Las pinturas de labios dejaron de tener encanto y en su lugar los nasobucos se convirtieron en el último grito de la moda, mientras otras prendas perdían su tinte en las lavadoras.
No importaron los títulos nobiliarios, el color de la piel, los credos. No importaron los proyectos vitales, las Olimpiadas o los ensueños. Los libros retomaron su protagonismo, porque la cuarentena los elevó a la cima de la atención y las casas felices se convirtieron en hogares poblados por las familias.
El hombre no quiso ser más el lobo del hombre y Sócrates renacía en los pensamientos con su “Sólo sé que no sé nada”.
Mil, seis mil, diez mil fallecidos buscaban tumbas para sus descansos finales y la medicina nunca fue más neófita en su frustración por encontrar vacunas. Los murciélagos aludían su inocencia mientras el verdadero culpable paseaba en libertad con el antídoto, sin protección y sin desvelo.
El miedo esta vez fue la emoción más unánime y la percepción de riesgo vistió galas. Las madres fueron más madres, los dioses rogaban a sus dioses y yo me sentí privilegiada de poder escribir esta crónica sin tos ni fiebre.
Pero la esperanza, esa pícara tal vez soltada en forma de globo por algún niño, flotaba sobre nuestras cabezas allá donde el estornudo no podía alcanzarla, porque tiene alas y no puede enfermar, porque su inmunidad está blandida en amor candente. La esperanza iba colocando alivio en las almas y China, Italia, Estados Unidos, Brasil, el mundo, se abrazaron de ella y perdieron el miedo al contagio. Porque contagiarse de amor y esperanza sí valía, porque ningún Apocalipsis jamás la venció en ningún tiempo, porque la peste, el cólera, la H1N1 y los demás desaparecidos dejaron inscritas sus historias, y en ellas la esperanza sobrevolaba la tierra y desplegaba una lluvia pertinaz que limpiaba toda la amargura y abría otra vez los brazos al saludo, los besos, el cariño.
Y llegó el pandemonio, mas no pudo sobrevivir a la esperanza. Porque el mundo es un ave fénix que esta vez resurgirá del amor y se posará en nosotros, porque esta vez el final de la guerra sólo admitirá la reconquista de los sueños.














