Dice el radialista santiaguero Reynaldo Cedeño que ser periodista es ser Quijote. Lo dice y lo escribe. Y yo le creo, a él que es un periodista como pocos, que tiene letra elevada y alma justa, que lo es por los cuatro costados, sin costuras ni puntos ciegos.
Ser periodista es ser Quijote. La soledad. Los molinos de viento. La locura. Un quijote que no solo lucha contra los molinos sino que los busca si no los encuentra en el camino, insiste, les sigue el rastro hasta que de nuevo los tiene ante sus ojos, y su lanza.
Quijote todos. Los que nacieron con la letra en la piel y los que encontraron la vocación en el camino. Los que hicieron las pruebas para probar, para probarse, y un día se levantaron en la universidad como estudiantes de primer año, y al siguiente, llegaron a un medio de prensa con sus diplomas de periodistas.
Cuestionadores. Especialistas en sueños de ojos abiertos. Leguleyos. Que no se quedan con la palabra sin decir, con la imagen sin mostrar. Termómetros sociales. Informados de lo real y lo divino.
Cuestionados también. Se nos pide mucho. Que lo sepamos todo. Que lo entendamos todo. Que conozcamos de inseminaciones artificiales y del sistema electoral cubano, de economía y medicina, de política internacional y medio ambiente. Y lo comuniquemos bien.
Cuestionados si decimos mucho y si decimos poco. Alquimistas de equilibrios imposibles.
Hombres y mujeres comprometidos, y conscientes del compromiso superior con el pueblo. Frustrados, a veces, cuando algo o alguien se interpone entre la información necesaria y el micrófono, la imagen, la letra impresa.
Empáticos, caminando siempre en los zapatos de otros, con sus cueros que a veces aprietan, sofocan. Con los problemas de los demás conviviendo como buenas familias con los propios, como fardos pesados en los bolsos, compañías que no pedimos tener, pero que asumimos como un gaje más de este oficio nuestro.
Asalariados de horas extra y pago exiguo. Hormigas trabajadoras no siempre con todos los medios, garantías y comodidades necesarias, pero hormigas al fin y al cabo, fieles al instinto hasta las últimas consecuencias.
Sensibles. Con los pies sobre la tierra. Los ojos bien abiertos. Los oídos prestos. Medidores expertos del sentir popular, porque pueblo somos, con los mismos derroteros, con las mismas alegrías, con los mismos dolores.
Pero, sobre todas las cosas, apasionados. Locos de amor por esta profesión que elegimos o nos tocó las puertas. Enamorados como el primer día del arte de decir, de mostrar, de escribir. Arrebatados sin remedio por el periodismo, que sigue siendo a pesar de todo, el mejor oficio del mundo.














