
Con apenas 32 años de edad, Ignacio Agramonte había sobrevivido a las más de cien acciones de armas en las que, según textos históricos, participó desde su incorporación a la guerra por la independencia.
Sin embargo, murió en Jimaguayú el 11 de mayo de 1873, en un combate de poca relevancia militar que probablemente no hubiera trascendido en el tiempo a no ser porque en él cayó uno de los principales líderes cubanos de la época.
Desde la madrugada había sido informado acerca de la proximidad de tropas españolas. Agramonte organizó el combate en un terreno que le resultaba bastante conocido. De hecho, solía establecer campamento en esa zona.
Una versión cinematográfica de los sucesos, la película “El Mayor”, del realizador cubano Rigoberto López, refiere que en sus intenciones no estaba combatir en primera fila ese día. El joven camagüeyano se separó por un momento del grueso de sus fuerzas. Sin percatarse, se puso a tiro de una avanzada española, que yacía oculta.
Los disparos de la emboscada enemiga impactaron en la sien derecha. Herido de muerte, Agramonte se desplomó sobre la hierba alta. Al conocer de la fatalidad, Henry Reeve ordenó la retirada de Jimaguayú y el rescate del cuerpo, aunque esto último no se logró, pues los peninsulares se llevaron el cadáver a la ciudad de Puerto Príncipe.
A pesar de los esfuerzos del Padre Olallo, quien desafiando a las autoridades españolas lavó los restos mortales y rezó ante el cadáver, el cuerpo terminó, al día siguiente, incinerado con leña y petróleo por orden del gobernador, según ha escrito el periodista Pedro Rioseco.
Horas antes, el mambí que logró dotar de una vasta organización a la guerra en el territorio bajo su mando había arengado a los subordinados en estos términos: “Nuestra misión se va cumpliendo, vuestra disciplina y vuestra abnegación hacen de todos nosotros el núcleo fundamental de la futura República”.
Era un revolucionario ejemplar y osado. Graduado de Derecho por la Universidad de La Habana, despuntó como uno de los líderes políticos de su natal Camagüey desde las faenas conspirativas. Su avanzado pensamiento filosófico lo hizo destacar entre los principales diseñadores de la República en Armas y, en la Asamblea de Guáimaro, en abril de 1869, figuró junto al también jurista Antonio Zambrana como redactor del proyecto que daría lugar a la primera constitución autóctona de Cuba.
Pocos días después, renunció al escaño para el que fue electo en la Cámara de Representantes, pues prefirió asumir nuevamente responsabilidades militares en el terreno de combate.
Un rasgo distintivo de su pensamiento estratégico fue evidenciado cuando El Mayor se planteó romper cierta tendencia quietista, instaurada en parte de las tropas camagüeyanas, cuyas familias eran sometidas al hostigamiento de las huestes ibéricas. El jefe militar explicaba entonces la importancia de trascender las operaciones locales: “Vamos a defender las familias con empeño, no permaneciendo a su lado, sino peleando valerosamente. Organizar y disciplinar al ejército, es prepararlo para la victoria”.
Semanas después de su caída, en julio de 1873, Máximo Gómez, quien ocuparía el mando de Camagüey, dijo que Agramonte estaba llamado a ser el “futuro Sucre cubano”. Por su parte, José Martí lo calificó en 1888 como un “diamante con alma de beso”, en un artículo publicado en El Avisador Cubano, en Nueva York.
Agramonte fue sin dudas uno de los protagonistas de la Guerra de los Diez Años durante su primera etapa. De no haber caído en combate, aquella primera gesta liberadora hubiera transitado probablemente por derroteros menos nefastos.
Cabe suponer que algunas de las polémicas posteriores a su muerte habrían tenido con su intervención otro desenlace, pues Agramonte era una de las voces políticas y éticas más fuertes dentro del campo insurreccional. Con su muerte, el independentismo perdió a uno de los líderes más lúcidos y necesarios. Fuente: CubaSí