
El Sol tarda en colarse entre las cumbres de San Fernando. Allí, donde el camino deja de ser camino y se vuelve herida de tierra y piedras, Antonio Vega Bidaña empieza el día con la misma rutina de hace medio siglo: desandar el cafetal, caminar entre el ganado y escuchar el rumor del agua que, fiel, mueve sus inventos.
A sus 74 años, este campesino convierte la necesidad en taller y la montaña en laboratorio.
—Todo esto lo hace la presión —dice mientras señala un artefacto que parece sacado de otro siglo.
No exagera. Con ingenio y manos curtidas, Antonio ha diseñado más de siete equipos que funcionan solo con agua. Entre ellos, un biogás que alimenta la cocción de tres viviendas familiares. “Mi fogón de gas es una felicidad —confiesa Nancy Rodríguez Marrero, su esposa hace 51 años—, no tengo que buscar leña ni llenarme de humo”.
Pero la inventiva no termina ahí: una máquina de moler caña, otra para desgranar maíz, y hasta un dínamo que produce corriente eléctrica, forman parte de su legado artesanal. Todo, en una comunidad de poco más de mil doscientos habitantes ubicada en el extremo noroeste de la provincia Guantánamo territorio que ocupa el municipio El Salvador.
Junto a Nancy, cultivan pepinos, ajíes, ajo puerro y condimentos. Ella, de 73 años, se mueve entre surcos con la alegría de quien encuentra en la tierra una razón para quedarse. Tienen dos hijos varones. Y aunque la montaña es dura, la pareja teje una vida que otros llamarían épica: 51 años de matrimonio, una casa reconstruida y un jardín donde esperan cada tarde el atardecer entre flores, historia y café.
Pero la memoria de Antonio también guarda sombras. Aquel 3 de junio de 1958, cuando apenas tenía 6 años, dos aviones de la tiranía de Fulgencio Batista lanzaron bombas sobre su casa. El motivo: en el hogar de los Vega se albergaban rebeldes.
—Mi madre, vecinos, mis seis hermanos y yo nos refugiamos en el tanque de la despulpadora —recuerda Antonio con la voz entrecortada—. Eso nos salvó la vida.
La casa quedó destruida. Pero no el espíritu de una familia que hoy, desde el mismo lugar, levanta la mirada al cielo sin miedo, aunque con otra preocupación:
—Muchos campesinos se han ido de la zona por el mal estado del vial —explica Antonio. Y no es un capricho. San Fernando vive incomunicado cuando llueve.
Mientras, Antonio y Nancy siguen allí. En el jardín de su hogar reconstruido. Viendo caer la tarde entre las mismas montañas que los vieron nacer, resistir y crear.
—Esto es hermoso —dice Nancy, con la mirada puesta en el horizonte—. Pero si el camino sigue así, esta belleza se queda sin gente.
Y es que a San Fernando le hace falta su gente, esa que cada día entrega todas sus fuerzas e inspira para seguir adelante.