El Sol apenas asoma cuando Rolando Frómeta Coseya ya tiene las manos en la tierra. Frente a su hogar en Campanón, un barrio rural del municipio El Salvador, una pequeña parcela se ha convertido en su trinchera de paz.

No es un campo extenso ,es un jardín productivo, cuidado con la precisión de quien durante años sirvió en las Fuerzas Armadas Revolucionarias y hoy, jubilado, encuentra en el surco su nueva misión.

Con 76 años a cuestas, Rolando no habla de batallas pasadas, sino de semillas y cosechas. Asociado a la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Guillermo Castro, este campesino entrega parte de sus producciones a la entidad, pero el alma de su labor está frente a su hogar: Allí cultiva, boniato, maíz, melón y calabaza.

Lo que distingue a Frómeta no es solo el rendimiento, sino la generosidad. Entre sus cultivos, la caña de azúcar ocupa un lugar especial. “Cuando está lista, la corto y la reparto entre los vecinos. Con ella hacemos guarapo para refrescarnos, y también la usamos para colar el café, que así queda con un sabor exquisito”, confiesa con una sonrisa que arruga su rostro curtido.

Ese gesto de compartir, dice, es parte del movimiento popular “Mi barrio por la Patria”, una iniciativa que impulsa la autogestión y el arraigo comunitario.

“Esto no es un hobby, es una forma de vivir y de aportar”, asegura el veterano a la prensa, mientras sus ojos brillan con la pasión de quien ha visto germinar más que plantas: ha visto germinar conciencia.

En un contexto donde la soberanía alimentaria es prioridad, la parcela de Rolando es un ejemplo en miniatura de lo que puede hacer un hombre  con un machete, una regadera y el apoyo de su cooperativa.

Mientras la tarde cae sobre Campanón, Rolando guarda sus herramientas y mira su jardín con satisfacción. No pide reconocimientos, solo que su ejemplo siembre en otros la misma semilla.

Porque, como él dice, “la Patria también se defiende con un arado y con un vaso de guarapo compartido entre vecinos”.

 

Fotos: Daniel Martínez Balón