Guantánamo.- No sé qué hora sería cuando se detuvo el tiempo de René. Sé que la vida ya lo mostraba frágil, de hablar pausado, propio de quien tiene que cronometrar las horas y los minutos hasta para algo que le encantaba: contar.Contar para René Frómera Jiménez no era, en su ego, saber de números. Era decir lo que veía mediante su arte naif. Era compartir lo que sentía cuando hacía suyos los parques, las fortalezas coloniales, la bahía, el río Toa, el verde y el azul de donde primero fue notoria la historia en Cuba.
También era, y no menos, saciarse con el cuidado del minimuseo personal que creó en su casa para perpetuar la figura de Magdalena Menasess Rovenskaya, La Rusa de Baracoa, su madre adoptiva, y sobre quien no hacía falta pedirle saber para que se referiera a ella con evidente orgullo.

Conversé con el pintor en julio del pasado año. Superé el susto de cuando temes no llegar en hora para un propósito, más allá de lo donde estén las agujas de un reloj. Mi interlocutor lucía fatigado, y me pidió dosificar mis posibes preguntas, mi indagación, para servirme y servirse bien.
«Eres privilegiado», me dijo mucho después de iniciado el diálogo, mientras me permitió sacar de unas vitrinas algunas de las prendas que usaba La Rusa, cuidadas por él durante décadas con reticente celo.
Tomé fotos pertenecientes a Mima, hice videos, agradecí a mi anfitrión y pensé, me pregunté, qué podría escribir, regalar yo, entre lo reflejado para resaltar la obra de un pintor, o reverenciar la trascendencia de un mito.
Aún me lo pregunto.
Tomado del perfil de Facebook Macondiano de Baracoa