Guantánamo.- “Esto ha sido terrible. Siento como si hubieran arrancado un pedazo de mí. Fue un hijo superdeseado, el único que tuve”. La voz de Maidelín Hidalgo Hidalgo se quiebra. Desgarra. Aprieta el pecho. En su casa de Río Cauto, el silencio empezó el 3 de enero de 2026. Ese día, durante la agresión militar de Estados Unidos a Venezuela, Fernando Antonio Báez Hidalgo, su hijo adorado, de apenas 26 años, caía gloriosamente en Caracas. Fue el más joven de los 32 cubanos que perdieron la vida en la nación bolivariana.
Él significaba el centro de su mundo. “Yo luchaba por él y él luchaba por mí”, dice haciendo un esfuerzo tremendo para articular la oración. “Su padre falleció cuando él tenía 15 años, todo lo que yo hacía era pensado en mi hijito”, repite y la humedad vuelve a asomarse a sus ojos.
“Siempre se destacó en la escuela. Era de los primeros expedientes», cuenta con orgullo. A su lado, Yoanis Báez Estrada, hermano de Fernando, también contiene el llanto al recordarlo como «un gran hijo, compañero y hermano”. Y agrega que era la quietud hecha persona, un muchacho tranquilo, de salir poco, cuyo mundo cabía en el gusto por el béisbol y las películas y, sobre todo, en el amor a su familia.
Había estudiado por aptitud y se graduó como técnico medio en Medicina Veterinaria. Más tarde, durante el Servicio Militar, descubrió otra vocación: la de la seguridad personal. “Algo que le gustaba mucho, era de los buenos”, según el testimonio de su hermano.
Para Maidelín, el profesional sereno —que tenía los grados de teniente del Ministerio del Interior— y el estudiante aplicado se funden con el recuerdo del niño de actos desenfadados. “Cuando era chiquito se subía a las matas y después no sabía cómo bajar. Y cuando estaba en primer grado se puso una gomita de borrar aquí (señala un orificio de la nariz) y fuimos a parar a Bayamo, al hospital, y allí se la sacaron. Otra vez en la escuela, jugando fútbol, que fue su primer deporte, se hizo una herida grande en la pierna y le quedó una marca, como un hueco. Era muy tranquilo, pero como todo muchacho hacía sus travesuras”.
Uno de los anhelos que compartían madre e hijo devela humildad y, a la vez, un lazo de amor. “Él soñaba con comprarse una casa en La Habana. Nuestra casa necesita una reparación, es modesta y él me decía que para hacer una reparación mejor se compraba una casa en La Habana y que yo me iba con él”.
Maidelín también lo evoca con otros detalles hermosos: “Cuando él iba a trabajar a Santiago de Cuba yo viajaba de Río Cauto hasta la Carretera Central para llevarle algo de comer y él, varias veces, me trajo paqueticos. Éramos muy apegados”.