
Cuando el sol apenas asoma por los montes que rodean al municipio El Salvador, ya hay pasos que recorren caminos de tierra, mochilas cargadas de cuadernos y voces que ensayan la lección del día.
Son los maestros y maestras de este municipio guantanamero, hombres y mujeres que han hecho de la enseñanza no un simple oficio, sino una forma de amar.
En el aula multígrado de una escuelita rural, una maestra divide su tiempo entre los que aprenden a leer y los que ya resuelven ecuaciones.
No le sobra el material, pero le sobran las ideas. Con tizas gastadas y cartulinas recicladas construye mundos enteros. Sus alumnos no lo saben todavía, pero están aprendiendo la lección más importante: que alguien cree en ellos.
Más allá, en la secundaria básica, un profesor de Historia explica la Guerra de los Diez Años como si contara una aventura.
Los muchachos escuchan, preguntan, discuten. Él sonríe: ahí está la semilla del pensamiento crítico, esa que solo germina cuando un docente se toma el tiempo de regarla.
En El Salvador, municipio de tradiciones cafetaleras y montañas verdes, ser maestro significa muchas veces caminar
kilómetros, vencer la falta de recursos y sobreponerse al cansancio. Significa quedarse después de la jornada para ayudar al que no entendió, buscar al que faltó, abrazar al que llega con problemas de casa. Significa, sobre todo, no rendirse.
Las familias lo saben. Por eso, cuando se habla de los docentes salvadoreños, se habla con respeto y cariño. Porque han visto a sus hijos crecer no solo en conocimientos, sino en valores. Han visto cómo un maestro puede cambiar el destino de un niño con una palabra de aliento, con una oportunidad, con una mirada que dice «tú puedes».
Más allá del Día Mundial de los Docentes, las aulas se llenan de abrazos, cartas escritas a mano y flores silvestres. No es mucho, pero es sincero. Porque el mejor homenaje que puede recibir un maestro es ver a sus estudiantes convertidos en personas de bien, en profesionales, en soñadores que no se rinden.
A los docentes del municipio El Salvador, Guantánamo: gracias por sembrar en tierra fértil, por regar con paciencia y por confiar en que la cosecha valdrá la pena. Cada palabra de ánimo, cada enseñanza y cada gesto de cariño deja una huella para siempre.
¡Muchas felicidades, maestros y maestras! Su labor es invaluable. Su ejemplo, eterno.
En el municipio de Niceto Pérez también se reconoció la labor de los docentes
Así lo reporta la periodista Durbis López Albear