
Algunas palabras emergen en un momento determinado, y luego, como urgencia, trascienden los límites de su tiempo. Expresiones que encuentran en la memoria colectiva un carácter perpetuo. La Historia Me Absolverá, el alegato de autodefensa de Fidel Castro Ruz en el año 1953, pertenece a esa categoría de discursos cuya trascendencia sobrepasa a sus circunstancias iniciales.
El 16 de octubre de aquel año, en una sala de justicia en Santiago de Cuba, un joven abogado asumió su propia defensa ante un tribunal de justicia por su participación, junto a cerca de 160 revolucionarios, en los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes.
Fidel convirtió su alegato en una denuncia de la realidad cubana de entonces y en un programa con profundas transformaciones sociales. Aquellas palabras, reconstruidas y difundidas posteriormente en forma de folleto, devinieron en manifiesto político de todo el Movimiento 26 de Julio. He ahí una de las primeras razones de su importancia histórica: la capacidad de convertir una derrota militar en victoria política de las ideas.
Los sucesos del Moncada, como también se les conoce a aquellos asaltos, no lograron sus objetivos inmediatos. Es cierto. Los combatientes sufrieron la derrota, persecución, prisión, torturas y la muerte en muchos casos. Sin embargo, el proyecto no desapareció con el estruendo de los disparos, porque hay derrotas que clausuran caminos y otras que obligan a nuevos senderos.
El Moncada perteneció, según la interpretación de sus protagonistas, a esa segunda clasificación, y La Historia Me Absolverá fue el instrumento intelectual con el que se demostró que la lucha, verdaderamente, era un programa sociopolítico.
Su respuesta estuvo, ante todo, en la identificación de problemáticas entre amplios sectores de la población. La titularidad de tierra, la industrialización, el acceso a una vivienda digna, el desempleo, la educación y la salud pública afloraron como cuestiones acreedoras de soluciones. No se trataba únicamente de impugnar a un régimen político; sino de exponer qué transformaciones eran perentorias a favor de la calidad de vida de los cubanos.
Y justamente aquí está otra de las lecciones trascendentes del alegato: la política no puede reducirse a la conquista del poder, porque su sentido último se mide por los problemas que consigue erradicar. Detrás de cada planteamiento social había una realidad humana: el campesino que aspiraba a trabajar su propia tierra, el obrero que reclamaba una remuneración más justa, el niño que necesitaba una escuela y el enfermo que dependía de la asistencia médica.
Pero, a criterio de este periodista, existe una dimensión jurídica digna de atención. Fidel era abogado y utilizó su formación profesional para defenderse en un proceso irregular. La paradoja resultaba evidente: el acusado no se limitaba a responder por los hechos que se le imputaban; también cuestionaba el sistema político y judicial de entonces. La sala de justicia se convirtió, de ese modo, en tribuna para una acusación de mayor alcance contra el statu quo.
La palabra fue denuncia, argumentación política y convocatoria. Ahí es donde La Historia Me Absolverá adquiere su fuerza simbólica, porque, aunque Fidel Castro fue condenado a quince años de prisión, su frase lapidaria expresaba confianza en el juicio del porvenir, una apelación a la memoria colectiva frente al veredicto inmediato de los tribunales santiagueros.
Para Cuba, aquel alegato formó parte de una tradición de pensamiento político a favor de la defensa de proyectos nacionales y convocatorias a la acción popular. Su estudio permite comprender mejor no solo a Fidel Castro, sino también las tensiones sociopolíticas de la República anterior al año 1959, así como los argumentos con los que se justificó al movimiento revolucionario y disruptivo.
Por eso, recordar hoy a La Historia Me Absolverá significa la invitación a aportar a la sociedad que aspiramos a construir, seguir de cerca la atención a los más vulnerables en la Cuba socialista para así garantizar la justicia verdadera con el adecuado actuar de las instituciones que responden a las necesidades de la ciudadanía.